
Permitidme compartir con vosotros esta pequeña historia sobre los pequeños, lindos y bulliciosos «herrerillos común«, que nacieron en mayo en la caja-nido de nuestra casa. Un año más hemos podido disfrutar de su presencia y de sus sonidos suaves y otros potentes. Creo que he llegado a indentificar con claridad sus característicos sonidos de alerta. También he observado la constancia y el tesón de los padres alimentando a sus crías desde la primera hora de la mañana hasta bien echada la tarde. Contar con la discreta compañía de los dos adultos herrerillos y sus revoltosos y simpáticos polluelos, ha sido todo un honor y un disfrute. Unos 14 días me han tenido embobada esos polluelos; cautivada con su fascinante progreso, sus suaves trinos y su alegre ajetreo al llegar sus padres con alimento. Los he disfrutado tanto que el primer día que dejé de oir el alboroto de las crías dentro de la caja-nido, me sentí triste y, salvando las distancias, llegaron a aflorar en mí sentimientos de pérdida que me recordaron el «síndrome del nido vacío«.
Dejar el nido
Un presentimiento negativo ronda mi cabeza: creo que la elección del día en el que salieron del nido las crías de los herrerillos, no fue acertado. Los padres de los pequeños herrerillos, ajenos al pronóstico atmosférico, alentaron a sus crías a abandonar el nido cuanto antes, supongo que ya eran demasido ruidosos y tenían que protegerlos de los depredadores que con frecuencia observé merodear cerca de la caja-nido (creo que se trataba de un milano real al tener la cola en forma de uve). Concretamente fue la tarde del día 25 de Mayo 2023 cuando decidiron salir del nido. Era una tarde soleada, pero las previsiones meteorológicas para la noche, eran muy preocupantes: llovería intensamente en Los Molinos.
Cuando saltaron los pajarines del nido apenas volaban y se les veía desvalidos e indefensos. Nuestra impresión era que no estaban preparados todavía para volar, ni para protegerse en la noche tan dura que íbamos a tener, así que buscamos la escalera y los devolvimos a su nido, aunque sin éxito. Hasta tres veces los colocamos de nuevo en el nido, pero una y otra vez volvían a salir. Llamé a mi hermano y me dijo que seguramente volverían a saltar, que mejor los pusiera en alguna rama y a ver si así empezaban a despegar, y así lo hice. Asumí que era imposible retenerlos un día más en el nido, a pesar de que la noche en la interperie sería muy dura para ellos. Así que confié en que sabrían protegerse de la lluvia y el frío, pues, aunque son pajarines pequeños, también creo que son muy fuertes y atrevidos. No obstante, esa noche me desvelé y dormí muy mal, me dolía el estruendo de los truenos, el rugido del viento y el frío de la lluvia, que con toda seguridad tendría empapados y helados los pequeños cuerpecillos de nuestros pajarines de plumas emberbes.

Desafortunadamente, el desenlace de la historia no tiene un final certero, pues desconozco el destino final de los pequeños pajarines. Tan solo he podido observar, dos días posteriores al «desafortunado día de emancipación«, a uno de los herrerillos adultos merodear alrededor de la caja-nido, pero nunca más hemos vuelto a ver a los pequeñines herrerillos. Siento pena por no haber podido retenerlos en la caja-nido, al menos, un solo día más.
Álbum de fotos
Álbum de fotos y algunos vídeos en Flickr





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